SIN DESODORANTE

“Leve crujido. Mis viejas sandalias quiebran el sacro sonido del silencio al trochar la vereda, buscar la blanca luz del ocre atardecer.

Sin apenas atisbo de encuentro, los pájaros me recuerdan una vida superior, un canto incomprensible que acompaña mi desconcierto.

Un serpeo imperceptible llama mi atención: Es una tormenta tranquila, una vida acuosa que desciende de la cumbre al valle, metáfora inquieta de mi propia existencia, tan manriqueña…

De las peñas del glaciar a los meandros del valle, la historia vuelve a recordar que somos en evolución: Que el vital cauce puede ser aquí. Pero que nunca es el mismo río, la misma vida.

Respiro profundo.”

Estoy hasta los cojones de fotos cursis, de reflexiones intrascendentes llenas de adjetivación sensorial; aturdidoras e incomprensibles imágenes que sólo pretenden llenar un vacío con mucho más vacío. Harto de bienpensantes neofilosófos y pijos jipis del siglo XXI.

Buscando justificación al hartazgo y la mediocridad, se esconden tras las cámaras y las palabras que descubrieron en el diccionario por casualidad.

Estar cerca de puro, no te purifica. Son las acciones las que te definen. Son los dolores de parto los que anuncian la verdadera nueva vida. No hay nada tan bello y brutal, sangriento, animal y maravilloso, como un parto: Sin adjetivación. Sin desodorante.

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