ARENA

Arena y agua. Todo parece que permanece. Ambos ingredientes salan el verano y mis recuerdos. Los barcos, pequeños y grandes, de pesca o cargueros, caminan por la autopista. Deambulan de un lado hacia otro, como si fueran tramoya de un decorado. A veces gris; a veces verde. Pocas veces el mar es azul desde la orilla. Si el lugar que ocupo es testigo de mi existencia. Si el mar profundo es avalista de los peces y los pecios, ¿qué es más real? ¿Mi vida o el oscuro y silencioso océano, plagado de plásticos y vida? Confinado en mi cuadro del tablero, creo comprender la profundidad de las dos dimensiones. Pero la mía es sólo una de las definiciones. Hay tantas… Y tan válidas como la mía. Medito e intento formular una hipótesis de trabajo práctico para todos, que englobe a todos respetando la individualidad. Pero el error humano es una variable controvertida, inesperada. Sólo considerando al otro como a mí, puedo ponerme en su pellejo. Si él no lo hace, no es razón para no seguir considerando que tiene valor: El conflicto está servido. La diferencia es nuestra frontera y declaración de guerra. De cada uno de nosotros depende que seamos artífices de la paz o sembradores de la desesperación: Madre que lo es de todo lo que me hace inmigrante en mi propia tierra, reo de campos abiertos, cielo contaminado, lápida en un jardín de infancia. En primera línea de playa, los castillos de arena se erigen y desaparecen: La arena es ladrillo y ceniza de su recuerdo. La blanca espuma, escribe su cantar de gesta.

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