MÚSICA: PALABRA Y REVOLUCIÓN

Los colmillos se suavizaron. Los incisivos, arrancados con una tenaza. Para que fuera menos doloroso, lo anestesiamos con luces, colores y formas. Luces para no ver nada tras el fogonazo, colores, para no distinguir las diferencias, formas, para instigar nuestro instinto.

Por fin la música dejó de ser el arma que unificaba los pueblos, el remanso que comunicaba el fin de las hostilidades, el susurro que arrullaba los niños al caer la tarde.

Domesticada. Humillada. Maltratada, encadenada: Violada, vilipendiada por ritmos machacones, letras vacías…

Nadando en su propio asco, manchadas las manos por el vómito que digiere a cubos, la música muere todos los días.

Por eso os digo: Afilad vuestras lenguas: Que las letras atraviesen el vacío y la ausencia y sean puentes: Sean rabia y abrazo.
Llenad vuestra trascendencia de profundidad: De Dios vuestra ausencia.

Cargad vuestras gargantas de tonalidades y matices. Colocad vuestras voces. Llenad de poética sonoridad las cunetas de vuestra existencia: En la carretera no brota la semilla, pero en los bordes, en las grietas, nacen flores.

Besad con labios afilados los gritos desesperados de quien mendiga una palabra, una canción a la que acompasar su corazón infartado por la desesperación. Que no haya un solo alma que no tararee la canción de la alegría.

Machacad los teclados: Arad los folios con lápices y bolígrafos con palabras de futuro: Con frutos de hoy. Con cánticos de amor.

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