INDIGNO

Tengo una compañera de camino y de letras. Nos mandamos cosas y nos ponemos verdes en un sano ejercicio de crítica constructiva. También somos vendas y agua oxigenada… Nuestras heridas nos acompañan eternamente si no las curamos. El aprendizaje que se nos marcó en la piel a hierro, que calzó nuestros pies con plomo, cerró las ventanas de nuestra imaginación asfixiando la utopía, llegó para quedarse. De nada sirvieron los labios rotos, los ojos morados: Los insultos vestidos de chiste de mal gusto, sus dedos marcados en el antebrazo, la quemadura de cigarro en la palma de la mano… Ya se le pasará, está en un mal momento. Cuando una bofetada es un gesto afectuoso; si un grito es una manera de dar los buenos días; si la soledad es una bendición, preludio del infierno vespertino, hay algo que no cuadra. Te acostumbras a hablar de libertad pues eres un esclavo de todas las directrices que fundieron la cera de tus alas, la alegría de tu sonrisa, los bailes a tus pies. Hablas de libertad como si fuera un parterre, cuando es una selva; del cielo, como si fuera una claraboya siendo el hogar de las tormentas y el sol… Esclavos de nuestras debilidades, somos dueños de nuestro futuro. Si no se puede cambiar el pasado, fertilicemos el presente con proyectos felices, sin hipotecas basura, sin memoria para el dolor. Que la misericordia se apiade de lo indigno y la vida se abra paso, como un parto.

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