EN UNO DE CARNE

Saltarse los tiempos, las etapas. Es algo que es casi inevitable en los tiempos que vivimos. Con las lógicas tasas, vas obviando etapas que luego volverán por sus fueros, ejercerán su derecho a la existencia en cualquier momento.

Toda la historia comienza con un “me voy a pasear”. La gente de la edad de mis padres salía vestidos de domingo, con pantalones largos y zapatos impolutos, a pasear. Calle arriba, calle abajo, la Calle Concepción, era la arteria neural donde las risas se acompañaban con las miradas furtivas, la gomina en el pelo; los grupos de chicas cuchicheaban mientras los mozos apoyaban las suelas en las paredes de la iglesia. Entre postureo e inexperiencia, los chicos jugaban a ser hombres. Y las niñas, a princesas en lo alto de la torre…

Un paseo. Un refresco. Tomados de la mano, con casta compostura, se iban fraguando los noviazgos. Los afortunados paseaban a la moza en Vespa y la envidia corroía a las que deseaban sentarse de lado, brazo ceñido a la cintura del piloto.

Y me recuerdo a mí, saliendo con mis amigos; yendo a los futbolines, jugando a Comecocos. Caminábamos luego a la Palmera, para encontrarnos e ir luego a Crápula. Sin saltos, miraba a las mozas que nunca me miraban a mí. Invisible, constataba cómo otros caminaban senderos que no era capaz ni de suponer. Y las chicas eran bellas. Fantásticas y misteriosas, actuaban en la obra en la que príncipes y princesas cumplían, punto por punto, las leyes de caballería. El telón se abría al salir y se cerraba al volver.

Todo en un orden universal inviolable.

Hoy veo cómo, sexualizados, no hay paseos en la calle peatonal ni nerviosismo al tomar su mano. No hay misterio. Sólo puestas en escena propias de un vídeo de reguetón. Y niñas vestidas de mujer que aún tienen muñecas en sus habitaciones, mujeres que tienen un muñeco con sobrepeso durmiendo en su cama: Añorando un adolescente recuerdo, un ancla que impida que el tiempo la arrastre.

Vuelvo a admirar la cándida belleza de las adolescentes un poco antes de ser tratadas como ganado. Me asombro de sus sonrisas sin aranceles, su caminar gracioso con la bolsa de chuces en una mano y el móvil en la otra. Lamento ver cómo niños hipermusculados llevan la inseguridad en los ojos y el pandilleo en sus pasos. Se les priva de todo lo que construye su futuro por un presente donde lo único permanente será un tatuaje, dos.

Y constato la capacidad de las mujeres, ya sí, para afrontar los días haciendo preguntas productivas mientras los hombres se relamen pensando en el mundial de motociclismo, pues no hay más futuro que la última carrera de la temporada. Ya vendrá otra. Lo veo y sé que hay esperanza.

Y adoro cuando el mundo se detiene al dar la mano, unos padres, a su hijo pequeño. La ternura que torna mi corazón de piedra en uno de carne.

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