LO SUYO

Cuando existe un referente, una costumbre, algo a lo que asociar un comportamiento, parece que tiene, no sé, más empaque; un queseyó que le da brillo al asunto.

Si hablamos de, un suponiendo, gente buena, tenemos todo un santoral; si de gente malísima, a cascoporro; con sus bondades y sus malezas, ahí están: Siendo ejemplos inequívocos en su cuota de historia, su década prodigiosa, su siglo de oro…

Y debo decir que no hace mucho se reproducían comportamientos casi tribales dentro de la familia. La riqueza de cada clan se basaba en el número de vástagos que podrían proteger y mantener a los ancianos. Por eso, tener poca descendencia era una desgracia: Y no precisamente bíblica.

Pues eso. Toda esa liturgia no escrita se desarrollaba en una sociedad que permitía, por sus condiciones demográficas, económicas y sociales, vivir y convivir de un modo armónico a varias generaciones sin conflicto alguno.

Pero llegamos a este hoy desde que se nos definiera como país en vías de desarrollo, cuando la EGB, al país de la identidad plurinacional y del Toro de la Vega; de veganos convencidos y matanzas en Diciembre; de postureo agnóstico y profundidad trascendente.

No podemos resolver la ecuación con los mismos valores que hace cincuenta años. Los parámetros han cambiado, las necesidades son otras y no hay capacidad, en modo alguno, de emular, a presión y volumen constantes, las mismas condiciones en las que se desarrolló una visión de la vida ahora caduca. Y no lo es porque no sea válida: Es que no podemos integrar de una forma coral lo que no podemos asumir ni siquiera en nuestra familia nuclear.

Varías los valores y varían los resultados. El común denominador son las personas; pero son las condiciones en las que desarrollamos nuestra existencia las que alteran los valores presupuestados, llevándonos a la frustración y la amargura: A la culpa y al reproche.

Ya no podemos decir eso de “Lo suyo” seria… Habríamos de reformular todo sabiendo que el orden de los factores no altera el producto, si todos los factores son tratados en igualdad de condiciones: Con la misericordia que anhelamos para nosotros y la ausencia de juicio que hace del hombre, un hermano.

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