TOMÁS

No hay nada como lo físico. Cuando constatas que hay cuerpo, materia, te da la seguridad de que no hay tanto peligro. Es como cuando vas a oscuras y alguien te pone su brazo. Te agarras con fuerza y es como si la negra oscuridad se volviera un poco gris. Los sentidos pueden ser un asidero de la realidad. Un muro que trepar, si. Pero un muro.

La cosa es que, si no lo tocas, es como tener fe; es fiarse, sin tener muchos avales para creer que pueda ser cierto lo que te cuentan. Sentir, validar con tus manos la realidad material que soporta tus pasos, cimenta tus valores, blinda tu corazón.

Pero, en el negocio del Evangelio, no hay certezas: Sólo certidumbres, una palabra muy jodida pues marida incertidumbre y certeza: Agua seca. Sólo hay un proyecto de locos e iluminados, doce cantamañanas liderados por un señor que dice que es Yosoy.

No se puede tocar la luz: Sólo verla. Caminar por el suelo es volar y aún no sabemos cómo. Pero del amor nacen locuras que hacen que tomes decisiones arriesgadas, más allá de lo razonable. Es como una familia: Crees en los miembros porque los conoces. Así ha de ser.
Puede que alguna vez te abracen y sientas un corazón golpeando a la puerta del tuyo. Pero, serán muchas más las veces que no haya muro que tocar, oscuridad que cruzar acompañados: Sólo habrá una llamada susurrando: Ven y sígueme.

Echa a andar. Ya habrá tiempo de meter la mano, Tomás.

Lo demás, es añadidura.

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