QUÉ PEREZA

Es como una interjección que se ha instalado en el argot de los jóvenes. ¡Qué pereza! Digas lo que digas, aparece como la hierba entre las losetas de las aceras.

Es algo que supone un par de cosillas. Decir qué pereza evidencia que tenemos opción a no intervenir en aquello que ha sido utilizado. Un ejemplo claro sería “arregla tu habitación”. Parece como si hubiera alternativa. Lo peor es que la solución al dilema es que yo arregle la habitación con lo cual haré del joven un ser más perezoso aún.

Perezoso, un animalito que se mueve muy lento. Tampoco es que tenga la estructura para ser una pantera, pero la lentitud es su signo característico. Es por ello que, asociarlo a una actitud tan pueril, me es harto complicado.

Jóvenes perezosos. Gente que nunca ha doblado el espinazo: Aquellos que su máximo dolor es el de espalda tras estar durmiendo en una tienda de campaña en un festival de verano. Desencarnados, insensibles a todo lo que no sea su culo, se permiten el lujo de escabullirse tras gritarte que no es justo. Y yo se lo permito.

Y me entra la pereza y no quiero escuchar sus gritos. Asumo sus responsabilidades y soy, con ello, culpable de sus errores, sin que ellos hagan su propio camino. Es como cortarles los pies, hacerlos tetrapléjicos emocionales, pero con mucho glamur.

Y me vuelvo lento, perezoso, a comprender y acompañar. Me hago parte del problema.

Creo que me tomaré un yogur desnatado para pensar.

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