MIRAR A LOS OJOS

Las conversaciones con mi niña, gracias a Dios, son variopintas. Lo mismo estamos hablando de una película de terror, del terror que mola a los adolescentes de ahora y por las cuales matarían tras una experiencia con una Ouíja, un encuentro demoníaco o una exposición de monstruosas consecuencias al Uranio enriquecido, que hablamos de los viandantes y sus compañías. Siempre le pregunto si se ha dado cuenta de lo que ocurre: Del perro lamiendo las manos de la dueña en un banco de la calle peatonal, del señor que va con andador y tiene la bragueta abierta, de la magnifica equipación deportiva que lleva el señor que vende pañuelos y no puede verse los pies por la prominencia de su vientre… Pero, de lo que más hablamos, es de cómo mira la gente. Más bien, de lo que no miran. Hacemos la prueba: Le digo que mantenga la mirada a cualquiera que se cruce con ella. Constata rápidamente que no suele ser más que un segundo en el mejor de los casos. La excepción, como no, la protagonizan los niños. Los que van en carrito y los que aún no alcanzan el metro de altura. Si conectas tu mirada a la suya, la mantienen, se sonríen, hasta que el cuello no les da más de si y dejan de mirarte por físicas razones. La explicación es que el temor que supone que alguien te mire dentro, no existe en los niños. Aún no han desarrollado la capacidad de mentir y esconder: No se avergüenzan de lo que son ni tienen miedo a mostrarlo. En consecuencia, se deduce el porqué de nuestro terror. Las gafas de sol son la mejor armadura contra los malditos inquisidores que miran a tus ojos buscando la verdad de tu corazón. Pero aún escondidos en los polarizados vidrios, la inquietud a que se haya advertido mi debilidad, nos atenaza. Ventanas del alma. Si. Los ojos son verdad. El cansancio, la alegría, la preocupación, angustia, ilusión, la nada. Todo en estado puro tiene su puerta en los ojos de la gente. Aunque siento el pellizco de hallarme descubierto, me gusta mirar a la gente. Creo que es una manera de reforzar mi propia existencia. Y me hace presente, latente y encontrante a toda la vida que camina alrededor.

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