JOYERO

Otra vez recorro la vereda que me lleva… No: Me arrastra por los suelos. Mi cara tiene surcos; arañazos de los abrojos y los matorrales que dialogaron con ella camino del cementerio. Los ataúdes abren su boca. No hablan los ataúdes. Inmóviles. Estúpidos. Desnudos de flores con el plástico por encima y luego coronados de llantos con mensajes familiares y amigables. Te vas, mi hermano, mi hermana; y no es que me duela escuchar el buzón de voz cuando te llamo. Es que recuerdo tantas veces que dejé saltar el contestador porque creí que siempre estarías. Y me enfado contigo: ¿Porqué te has ido? ¿Cómo te has atrevido a atravesarme el corazón sin avisarme? Joyero de mis secretos, secretario de mis llantos, ¿quién ahogará mi tristeza ahora que te llevaste el agua, hundiste la barca? Todo el tiempo que perdí es el muro donde hoy lamento tu pérdida, lloro tus sonrisas, peno tu voz. Adios, mi hermano; los abrazos no volverán. Tu recuerdo y todo lo que no supe estar contigo, me acompañan por el paseo marítimo, mientras camino; la tarde, ocre y morada, llora negra en el muelle del Tinto.

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