BUENAS NOTICIAS

Las deseamos. Desde una situación que es posiblemente mejorable, esperamos como agua de mayo las noticias, las buenas noticias que nos siembren una sonrisa, enciendan una luz donde hay oscuridad.

Pero, estadísticamente, hay mucha gente que no tiene nunca buenas noticias. Son regulares o malas. Y, debido a la precariedad de su situación, su percepción puede ser hasta de alivio.

Y es por eso que me pregunto cuál es la medida, la mínima, que hace que una novedad, por nimia que sea, se convierta en una gota en el estanque, un efecto mariposa en una existencia sin esperanza.

Y concluyo para mis adentros que no quiero buenas noticias, pues quien las espera, está desesperado porque alguien acaricie su oído y su alma con un beso hecho canción, una sonrisa trocada en saludo, una comida caliente. Quiero que no hayan buenas noticias nunca más. Que todos los vivientes tengan una digna dignidad, un lugar donde descansar, una excusa para reír sin que haga falta; un trabajo que dignifique, una posibilidad de cultivar el alma, un libro que esponje el corazón.

Hasta los cojones de profetas a medida vociferando tierras prometidas a muy buen precio; de tele maratones que finjan sensibilidad para los hermanos que no tienen alternativa, de babosas sonrisas preñadas de maquillaje, vacías de vida: Ruego que las buenas noticias sean proscritas por una vida feliz, en evolución, amante y fraterna. Amén.

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