CRISIS

Las crisis son propias de los que vivimos en el siglo. Hablando claro: Los seglares. Tenemos las crisis de crecimiento, comunes con los “otros”, las crisis de los cuarenta, cincuenta, …enta, de matrimonio, de identidad. Tantos libros de autoayuda dirigidos a un colectivo enooooooorrrrrrme que puede o no leerlos.

Pero los consagrados, los religiosos, monjas, curas, institutos y demás variaciones consagradas, no tienen crisis. ¡Qué bien viven! Sujetos a reglas, quien obedece no se equivoca, votos, límites que evalúan tu fidelidad y son mesurables en tiempo y espacio… Qué bien.

¿Qué bien? La teoría la tengo clara, pero, ¿y si tuvieran crisis? ¿y si hubiera espacio para las dudas? ¿Y si no fuera para siempre la donación, casi espartana, indestructible, de la vida?

Las dudas, como todos sabemos, son propias de débiles y de faltos de convicción. Pero, desde la más humilde de las donaciones hasta las obras más impresionantes socialmente hablando, tienen derecho a tener dudas. Y ser tratadas con la misma devoción.

Por tener grandes problemas, se obvian los pequeños. Y, curiosamente, mi pequeño problema es el que a mí me preocupa; y espero que mis superiores me tengan en tal alta estima como para considerarme digno de ser tenido en cuenta a la hora de solucionarlo. Pero eso es sólo teoría, pues hay mucho jaleo, demasiadas, altísimas cuestiones que, como incendios provocados, se extienden y necesitan extinción mientras el pirómano sigue con un mechero y una botella de gasolina.

Debería existir la posibilidad de reconocer que la vida, a veces, ha de ser reconsiderada. Admitir un error, una duda, un miedo, me predispone a su solución. Si no se mira directamente a los ojos de la sensación de derrota, no podremos renacer y recuperar el amor primero con ojos experimentados e ilusión de niños.

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