MAÑANA, YA VEREMOS

Corrían los primeros ochenta. Tras una tragedia familiar, comencé a fumar a lo James Dean; tú sabes: Un revés te hace tomar una postura rebelde y, refugiado en una estética, comencé a fumar. Y no era interesante: Me cansaba cuando jugaba al Baloncesto, olía como un cenicero, sabía a colilla… No me aportó nada bueno. Intenté dejarlo muchas veces. Pero el mono era potente. Joder: Un cigarrito después de comer acompañado de un café. Y me rendía a los pies de la diosa Nicotina. Tantas veces hasta que lo dejé.

Y lo sustituí. Me comía todo lo que había a tiro. Sobre todo, lo dulce. Y pasé de tener una talla adolescente a una verdaderamente parental. Y cómo mola comer una rosquilla rellena de nata, o no, con cobertura de chocolate o glaseado: Da igual. Ese efímero instante que está en tu boca que luego aporta tan duraderos kilos en tu cuerpo. Delicioso, sin duda. Pero me pesaba; me pesa. Y lo intento. Pero la llamada del azúcar es poderosa. Y me sigo rindiendo. Pero voy ganando batallas. Sé que me hace daño, pero haré como con el tabaco. Con el primero el mantra fue “Hoy no fumo: Mañana, ya veremos”. Y hasta hoy. Y me digo: “Hoy no me pego un homenaje: Mañana, ya veremos”

Y es que el placer es efímero. Pero sus consecuencias son lesivas para el organismo. Y es más sencillo ceder a lo inmediato que luchar contra la pulsión que me arroja y arrastra por los caminos que no quiero transitar.

Todo este rollo para hablar sobre una cuestión: ¿Porqué, si la cultura en la mayoría de las sociedades es controlada en sus infantes inicios por las mujeres, son las principales perjudicadas? Y, sin pretender tener razón, creo que es porque la fuerza de la costumbre, de la tradición, en sociedades y religiones, es mucho más fuerte que el dolor que me producen. Y es más fácil dejarse llevar que luchar.

Pero la lucha no es para siempre. Comienza hoy: “Hoy lucho contra la exclusión, contra los prejuicios que esclavizan a la mujer; contra los machotes que dicen ser los dueños de las mujeres y les mandan callar; contra los roles sociales que hacen de mis zapatos piezas de hormigón y me hunden en el fondo del río de “toda la vida”. Mañana, ya veremos”.

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