PARA SER SANTO HAY QUE ESTAR MUERTO

Legiones de ellos aparecen en las sagradas escrituras. Miríadas de miríadas pueblan los calendarios y los cielos. Santos.

¡Qué monada de gente! ¡Qué cuquis, diría mi niña! Ya sean esforzados gladiadores de la fe en misiones, en romanos imperios o en cruzadas, se coronaban: O con la corona del martirio o la del circulo led que les plantan ahora en las parroquias, que así la factura de la luz se reduce.

Y yo me pregunto: ¿De qué me sirve la santidad cuando soy un fiambre, en el mejor de los casos, incorrupto o desmembrado en pequeñas y santas porciones, repartido por todo el orbe? Acaso para que se me utilice como mediador. (como molan las mediaciones, aún sabiendo que el velo del templo se rasgó al morir nuestro señor Jesucristo); como interlocutor aborigen, pues los Xenosantos no comprenden nuestras oraciones…

¡Vaya pájara! Pero creo que dar una vuelta a lo que aceptamos como habitual, nos refresca la percepción del asunto.

Ni mártires ni santos. Ni buenos ni nobles. Todos aquellos que hemos colocado en la cumbre de la pirámide de Manslow en cuanto han despuntado un pelín en humanidad, han tenido que morir para que su fruto sea mayor.

Dicho esto, no estoy muy de acuerdo en el proceso: Creo mucho más eficaz hablar con santos falibles, con colesterol e hipertensos, que son luces en el crepúsculo, abrazo en la soledad y se ponen en medio, como frontera, entre maltratadores y maltratados.

Redoble de tambores y trompetas a lo jólibud: Los que están enterrados, son fiambres. Los que permanecen en el corazón e inspiran novedad a la existencia, esos, esos, son los santos. Ya no hace falta estar muerto para ser buena noticia ni santo: Ni excusa para no serlo.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *