UNA BROMA

Desde el preciso instante de nuestra concepción, hay cosas que ya están escritas; son aquellas que, determinadas por la raza, la localización geográfica y la implantación de Internet, actúan como vientos en una tienda de campaña. Limitan tu movimiento si no lo impiden.

Y me pongo a mirar a los hijos de sus padres que caminan por la calle: Jóvenes que no saben que hay un horizonte pues el único que existe es el que deja entrever el móvil, fundiéndose con los zapatos. Niñas con sus cochecitos jugando a ser madres en prácticas. Adolescentes con sus madres, que adoptan actitudes propias de sus hijas; hijas que tratan a sus madres como amigas… Parejas de ancianos paseando de la mano, sin poder separar los pies del piso de las aceras apenas unos milímetros. A veces se les escucha rozarlas con las babuchas de cuadros o las que tienen un borlón vaporoso en el empeine.

Y brota la angustia. Una pregunta que no tiene respuesta. No todos nacimos para ser líderes de nuestras comunidades, naciones; pero, pasados los años, ¿no te preguntas si no hay nada más? ¿No te abrasa, como el vómito al salir, la garganta la duda de si nuestra vida no estaba destinada a la dignidad plena y no a este saldo de alegría?

Y pienso en lo condicionada que está la existencia. En la broma en la que un mal cómico convierte la existencia de la mayoría de los vivientes. Les roba la dignidad, les condena a vidas minúsculas, a sueños de todo a cien; esta depresión consentida en la que estar deprimido es justo y necesario, donde la plenitud es sólo un amanecer en el cine, o en cualquier cadena de televisión vendiéndote programas donde los héroes son Diógenes o gente que se desprecia a sí mismo por el tonelaje que gastan…

Muchas veces, me dan ganas de recoger las botellas o las latas que tiran en el suelo los que hacen de la calle su vertedero. No quiero ni pensar qué habrá en sus mentes: Ni en sus madrigueras. Otras tantas, me encantaría entablar conversación con ellos. Pero no tengo valor. Mi condena es la cobardía.

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