NECESARIO

Tengo una habilidad que nadie tiene: Soy capaz de ver todas las bondades que hago y desprecio todo lo despreciable de los demás. Lo sé. Lo sé… Soy único. Nadie hace esas cosas.

Lo normal es que seamos justos con la gente; de hecho, la misericordia es la medida exacta que aplicamos a todos y cada uno de los que conviven con nosotros. No existe el juicio, no culpamos: Asumimos las pobrezas y grandezas de nuestros hermanos y nos ayudan a construir un mundo mejor cada día.

Sin embargo, soy un inútil: Siento que todos, a mi alrededor, asumen como propias las caídas de sus hermanos. Acompañan la soledad y alientan en la tristeza. Y yo no.

Formulé el algoritmo que soluciona las diferencias; resolví los problemas de los más antiguos alquimistas: Tengo prendida en mi llavero la piedra filosofal. Pero no me da la gana aceptar a mis hermanos tal como son.

Me resultan insoportables sus memeces, sus debilidades; cuando deforman la realidad para adaptarlas a su pequeñez, me asquean. Si reescriben el Evangelio para adaptarlo a sus horizontes, la náusea se apodera de mí.

Y es porque desprecio en los demás lo que más odio de mí. Y me es mucho más fácil perdonarme y enjuiciarlos que darme cuenta de que soy yo quien ha de cambiar, quien tiene que perdonarse y evolucionar. Desnudarse…

No sé: Creo que es necesario que deje de mirar lo que otros hacen para enjuiciar y sentirme mejor con las debilidades ajenas.

Es necesario. Y a Dios se lo pido. Cuento con vosotros.

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1 respuesta

  1. Judith dice:

    Querido Chito. En ese camino debemos adentrarnos cada día. Yo me siento muchas veces así también. Otras es verdad que sí que comprendo y justifico. Pero el Abba bueno está ahí para darnos la capacidad. Y lo sabes.

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