MENDIGOS

Hoy he ido a recoger a mi niña de su salida nocturna sabatina. No es muy nocturna, gracias Señor, porque aún es pequeña. Eso me ha permitido recordar algo de cuando me encontraba en su situación…

Y he recordado que salíamos muy pronto. Íbamos a un billar de viejos donde habían instalado una máquina de Comecocos. Esa musiquilla era hipnótica. Luego íbamos a un bar, el Quique, donde jugábamos al futbolín. De aquellos días de futbolín pasamos a noches en la calle, cerveza en mano, en la que nos reíamos de todo lo que se moviera. Y oteábamos el horizonte por si aparecía ella. Nunca se fijaba en nosotros, los feos que atestiguábamos su belleza mientras ella certificaba nuestra inexistencia; bendita adolescencia que embadurnaba de sueños la áspera realidad. Y volvías caminando con tus amigos. O solo. Tantas veces me vio el Conquero volver…

Y he vuelto a ver las mismas tonterías, las llamadas de atención, los guapos y su suficiencia; los payasos babeando por ser centro de atención y la pléyade de estrellas vestidas de mujercitas comportándose como tales, repartiendo desdenes, sonriendo burlonas…

Y he visto a un grupo de señores que esperaban en el semáforo a pasar. Eran como los adolescentes, dándose calor unos a otros pues no hay mujeres en el grupo. Cuando estás solo, es malo; pero, cuando son tres o cuatro soledades juntas, es mucho peor, pues ya no puedes mentir amparado por la adolescente inconsciencia: Tus compañeros atestiguan, con su extrema delgadez cardíaca, el hambre que todos compartís. La mentira de que, teniendo cosas, se podrá tener compañía. Y ves que tienen: Pero están solos.

Una mujer que te ame. Un hombre que merezca ser amado, alcanzado por la divina luz que desprende el abrazo de ella; que quiere abrazarte y te abduce del abismo, funde el hielo de tu alma y enciende la más bella de tus sonrisas. Que el hombre moribundo que pena por vivir, es curado por la mirada burlona, al principio, y sólida después, de quien sabe articular el verbo amar.

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