DESPELLEJADAS

Lo vengo notando desde hace tiempo. Cuando estoy fregando los cacharros, mis manos sienten una quemazón distinta. Antes no notaba nada y, ahora, siento que los matices se han disipado en cuanto a sensibilidad se refiere.

El agua fría es más fría y, la caliente, me quema aun cuando está templada. Debo decir que la barrera entre mi cuerpo y el medio donde vivo es una muralla casi inexpugnable que me defiende desde el preciso instante de mi nacimiento. Maravillado, miro mis manos, cubiertas de piel; y cicatrices. Sobrecogido por la magnífica eficiencia, advierto el paso del tiempo sobre la piel que siempre estuvo, está; y nunca fue la misma…

Y mi mente transporta cada dato a todo lo que me afecta. La piel detecta el frío y el calor, la aspereza o la suavidad. Mirando la evolución tecnológica me asombro de lo avanzado del interfaz que supone la piel para cada vida, cada ser.

Y concluyo que, por lo menos en mí, se van diluyendo los matices. Y que la paleta de sensaciones se va reduciendo grosera hasta reducirse al dolor o su ausencia.

Y, como metáfora de la inmoderación, vuelvo a mirar mis manos y siento que están despellejadas. Sin su protección, el frío corta y el calor abrasa: No hay puntos medios.

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