EJERCITOS

En la guerra entre opuestos se formaron ejércitos. No hacía falta que fueran de distintos países: Cualquier fuerza era bienvenida en el litigio inmemorial entre mal y bien, oscuridad y luz, esclavitud y libertad. Odio y amor.

Cada ejército se especializó en el campo de batalla que la coyuntura impuso: Donde había analfabetos, los que trabajaban en educación; los que atendían enfermos, en hospitales; los que iban a tierra de misión, donde nunca habían oído hablar del Salvador, con fe y convicción… La llamada es poderosa si se traduce en sacramento.

Pero como dice el poema, “el cadáver, ay, siguió muriendo” (*). Los ejércitos se modernizaron y adaptaron sus estrategias al momento en el que estaban, ya lejano el primer amor, el tiempo del anuncio… Cada uno, por su cuenta, afilaba las herramientas para la óptima consecución de la misión. Y miraban con recelo a los posibles aliados pues podrían arrebatarles soldados.

Y aquí estamos: La batalla continúa y las perspectivas no son halagüeñas. Diezmados por las bajas, la edad y el estado del bienestar, los generales devanan sus sesos buscando soldados para sus bien pertrechados ejércitos, pues sus patios de armas están vacíos. ¡Seguimos luchando, pero tenemos que buscar la manera de que nuestros modos perduren, la llama no se apague (la nuestra), la obra permanezca: Que los libros hablen de nuestras pretéritas hazañas; e incuben las futuras!

Ya suenan las plañideras y a nadie se le escapa que la Parca ronda. ¿Cuándo el mal dejó de ser el enemigo para ser sustituido por la supervivencia?

¿En qué momento las constituciones suplantaron a la Palabra? ¿Cuándo nuestros fundadores reemplazaron a Cristo?

(* Masa. César Vallejo)

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