A MÍ, TAMPOCO

La prisa, tirana, impone su yugo. Y su paso. Cumplir plazos, arañar un pedazo de tiempo que nos permita contemplar el devastado paisaje que deja el silencio entre los viandantes, los sonidos de la mensajería instantánea, los ojos perdidos escuchando los mensajes de voz a destiempo…

Piedra de molino, apisonadora de ánimas, picadora de sueños; encorseta los momentos de soledad pues hemos de optimizarlos: Si así es, cerramos los ojos y comprobamos que el sonido del aire entrando por la nariz, recorriendo el cuello, aún infla los pulmones colapsados de tanto aguantar el aliento, pues no quiere dar otra oportunidad a la parca prisa y su nauseabundo olor.

Y sí: Ya lo sé. El tiempo nos va cambiando. Cada vez más nuestros caminos se van separando porque tenemos que aprovechar, crecer, desentumecer nuestros dedos para escribir, postular: Extenderlos sobre el suelo mientras inhalamos un momento de tranquilidad… Lo sé.

En algún momento, habremos de encontrar un hueco para comprobar que tus manos me hacen terreno, corporal, sintiente. En ese instante, se comprime todo el universo en un latido, que es un martillo sobre el yunque, una campana tañendo a vivo, un instantáneo amanecer. Y deseo que sea eterno.

No. A ti no te gusta la comida rápida. A mí, tampoco.

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