ABISAL

Pesada. Vibrante como las cuerdas de un contrabajo. Aplastada bajo kilómetros de sí misma, cimenta la oceánica, universal, comprensible… Toda la adjetivación que nunca podrá describir el lenguaje del silencio, pues es su modo de comunicar.

Mudo, el silencio optó por crear el aire a partir de la abisal oscuridad. Necesitaba contar los relatos que piloteaban la estructura, científica y emocional, cantada por el zumbido inaudible de los cetáceos; relatando la prehistoria, breve y anodina, que preludiaba la obertura en siete días, siete notas.

El silencio sabía que no sería comprendido, pues es consecuencia de la sabiduría que sólo el tiempo aporta a los vivientes que escuchan la inquietud del agua profunda. Sin luz, camina a través de los rastros que dejan los peces del abismo, veredas en el mar: Palabras lineales, sin remolinos.

Asciende. En su viaje encuentra etéreas, luminiscentes hendiduras procedentes de la superficie. Perfilan su vía de ascenso, abrazándolo;

Mira a los ojos de la fuente de luz. Adivina su esférica magnificencia entre grises nubes, casi negras, preparadas para escribir la partitura. Curvadas por el viento imponente, los pentagramas colgados de las nimbadas nubes, se van llenando de gotas, solfeando la primitiva sonata, rítmico vals…

Atmosférico ya, el abisal silencio muta en audibles canciones: Las conchenas en la orilla de la playa bailan con el suave lamido de las olas; las gaviotas celebran su nacimiento y la gruesa voz del agua festeja, perpleja, la llegada de la música que cambiará toda la existencia.

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