ANCLA

Las anclas son unos objetos curiosos. Viajan en barco, encadenadas; miran el mar desde arriba, condenados a ver la v que se forma al paso de la quilla del barco. Miran el mar, respiran la brisa marina, sufren las inclemencias del frío y del sol. Encadenadas.

Cuando llegan a destino, las sueltan. Desde fuera se ve cómo corre la cadena que sujeta el ancla hasta que, de pronto, deja de fluir: Toca fondo.

¡Qué oficio tan terrible! Condena a la inmovilidad transitoria a quien lo lleva de un mar a otro mar. Quien respira todos los vientos, aguanta la respiración bajo el agua. Mira hacia arriba y sólo ve la luz distorsionada de los focos del puerto.

A lo más que puede aspirar un ancla es a decorar las rotondas cercanas al puerto. Ya sin cadena, sin posibilidad de mirar el mar, lo añora en su peana de hormigón. Sueña oír el paso de los peces cuando sujeta el barco mientras mira el casco y se pregunta qué hacen esas lapas pegadas.

Férrea. Sólo eres un anzuelo gigante que el océano muerde. Pero que nunca te llevas como trofeo al alzarlo de su vientre.

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