NO HAY POESÍA

En la muerte, no hay poesía; es sólo otro paso en el camino, otra pregunta. Pero no hay manera de describir con metáforas, hipérbatos ni con cualquier gongorino recurso la muerte como evidencia de la falta de vida, del final de la existencia.

No me pondré trascendente pensando que hay otra vida tras ella. Me da igual.

Está ella, la definitiva; pero están también las otras: Las que te van robando la dignidad, amoldándote a la realidad vigente en la que la supervivencia es algo cuestionable pues ¿quién quiere vivir una vida desprovista de valor? ¿Para qué vivir sobreviviendo?

Respetar todos los puntos de vista diferentes. ¿El mío también? Creo que en todo ha de haber un equilibrio. No se puede comprender eternamente si no se siente uno comprendido, acompañado: Si no totalmente, sí en algo más que homilías que pretenden salvar la vida al final de la tragedia.

Siempre me toca, así lo siento, bailar con la más fea. Hablar de ello mil veces y mil veces que se repite la historia…

No quiero abrazos de buenos días, ni ser besado como si de un suegro se tratara: Estoy cansado de ser el último de la fila y que nada se pueda posponer excepto yo.

Si alguien tiene necesidades, se atienden. Si las tengo yo, se dilatan en el tiempo.

Y quiero dormir. Dormir para que se me pase el dolor. Soñar que me tocan cuando no procede, me acarician sin prejuicios, me besan sin razón. Quiero dormir para que, cuando me despierte, se me haya muerto la angustia de ser prescindible y haya nacido la alegría de vivir a pulmón.

No hay poesía en las manos. O frías o calientes. Pero su lenguaje no tiene recursos literarios. Si me tocas estás cerca. Si estás cerca y no me tocas, estoy muerto.

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