ANOMALÍA

Los tiempos que vivimos son extraños. Los países del primer mundo explotan los recursos de los países más pobres para mantener su ritmo desaforado de consumo. Nuestras basuras aparecen en sus playas y su pescado en nuestras mesas. Sus hijos, los de la miseria, mueren en el mar mediterráneo buscando una vida mejor, abandonando la suerte de muerte y pobreza endémicas en sus lugares de origen por lo antes mencionado: Las ganas de devorar todo lo que sea posible ser consumido.

Los países de donde proceden están gobernados por la anarquía que favorece a los bandoleros primermundistas para expoliar sus recursos sin que la población pueda disfrutar de ellos.

Las viudas y huérfanos lloran en la orilla de un país que no es el suyo pues no pueden alcanzar los países que les roban porque son indocumentados, analfabetos o ladrones. (siempre desde la perspectiva de los que consumimos los recursos, en esta infamia en la que vivimos)

Y pensamos que todo es una anomalía, desviación o discrepancia de una regla o de un uso o defecto de forma o de funcionamiento; estúpidamente miramos nuestra realidad y, de algún modo, creemos que pasará, que volveremos a algún punto en el que todo esté bien, en el que podamos, nosotros, vivir tranquilos, con pensiones maravillosas pagadas por los hijos que no podemos tener por la presión de conseguir dinero para comprar las cosas imprescindibles que robamos a los países que no tienen derechos, pero sí recursos…

Pero lo anómalo es que haya dignidad para todos. El que haya dictadores que oprimen a sus pueblos es más antiguo que el “Cave canem” en la puerta de las villas romanas. Que haya políticos que apelen al patriotismo para imponer sanciones, despreciar al distinto, hacer grande algún país otra vez, decir de los inmigrantes que son “carne humana”, culpar de todos los males a los enemigos cuando son ellos los que condenan a la hambruna a sus propios hermanos: Es lo que, verdaderamente, la historia nos enseña.

Señores: Nunca había comprendido la frase de “Tenemos los políticos que nos merecemos” tan bien como ahora. Es cierto: El postureo en nuestro país, la corrupción y la desfachatez son signos identitarios de nuestro ADN. Nunca hubo un tiempo mejor pues el tiempo de entreguerras sólo fue el paso atrás para seguir haciendo lo que sabemos.

No hay una sola sociedad que no guarde esqueletos en el armario. Y, empeñados en esconderlos, seguimos guardando cadáveres frescos en nombre de una memoria que no aparece por ningún lado. Los actos son los mismos: Sólo cambia la fecha.

El Evangelio, la buena noticia para todos, el mutágeno de todo el universo conocido, será una anomalía en tanto se siga considerando un libro de lectura. O un ejemplar de biblioteca. O un desconocido para los cristianos.

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