TIENEN SUEÑOS.

Me mandaron el otro día esta foto. Como tantas… En ella se ve un grupo de chavales posando como lo suelen hacer. Todos ellos, como si de una liturgia se tratara, se plantan frente al objetivo e interpretan el efímero papel en el que definen su actitud, enamoran a la cámara.

Hasta aquí, nada anormal. Sorprende que sea exactamente igual aquí que a 8830.3 kilómetros: Es la distancia que hay desde mi casa hasta Karemeno, en Kenia.

Miras los ojos de los niños, adolescentes y adviertes que viajan a través de la foto para espetarte a la cara que ellos son: Que existen y que tienen sueños. Y es algo que envidio profundamente. En su inocencia, creen que nuestra vida, la que consumimos en Europa, es real; Y, de algún modo, nosotros les contamos a través de nuestras maneras, educación y vestimenta, que es mejor que la que tienen.

Pero no les contamos que nos rodea un cementerio acuoso donde miles como ellos mueren en la convicción que sería mejor. No soy capaz, aunque escribiera miles de líneas, de advertirles que no se ofrezcan, se inmolen, al Dios del consumo que nos hace desear mano de obra barata que soporte nuestras cloacas y despreciar lo diferente a nosotros.
Que su tierra les pertenece a ellos. Su cultura, su mayor bien; su familia, raíz que alimenta el futuro y que, nuestra sociedad, agoniza entre triglicéridos y anorexias: Magias y credos instalados en apps.

Así, doy las gracias al Dios que habita los montes llenos de botellas de plástico, de senderos adaptados a grupos micológicos, por la oportunidad de ver inocencia. Ellos, aún, no tienen nada: Sólo tienen sueños.

¿Solo?

Ojalá resucite la inocencia en mí.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *