Y VUELVO A CANTAR

Ayer recibí un vídeo de un amigo que está en Costa de Marfil. Se veía a un grupo de niños y jóvenes cantando. Y, desde mi occidental perspectiva, me emocionó su inocencia. Pensé que, quienes no tienen nada, hacen de la esperanza su tesoro.

Y yo, desde mi occidente opulento, observo cómo los que tenemos mucho, hacemos del tener nuestra riqueza…

Y, quienes no tienen, se solidarizan, se tienen en cuenta, como si de un cuerpo se tratara; y la pregunta es obvia: ¿Acumular cosas nos hace perder la perspectiva, nos roba la conciencia de formar parte de algo mucho más grande que nosotros, para hacernos adversarios de quien me siente enemigo por haber padecido la misma enfermedad que yo?

En el principio sólo hay supervivencia. Tras superar ese estado, viene una época de transición en la que la trascendencia es importante y el grupo lo es todo: Todos forman parte y, naturalmente, ocupamos nuestro lugar. Recapitulando: Creemos y eso nos hace conscientes.

Pero acumular nos va vaciando de contenidos para llenarnos de cosas. Sin valores, mi corazón se llena de miedos y ofertas al 60% de descuento y, el lugar que ocupaba el verdadero tesoro, es okupado por cualquier estupidez. Sin Dios, sin Evangelio, sin esperanza, buscamos trascendencia en adivinadores y ultratecnología que den respuesta a lo que, primigeniamente, tenía una ingenua contestación. Lleno mi vida de sensaciones que saturen mis sentidos: Es sólo ruido.

El vídeo de los niños vuelve a acallar el ruido: Y trae la música y su esperanza a un corazón que los reconoce como propios.

Y vuelvo a cantar.

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