DIA SEXTO

Fruto de su vientre, nacieron mis hijos al mundo; hay una verdad inmutable en la frase anterior. Fruto de su vientre, nacieron sus hijos. Los hombres, como en todo lo importante de la vida, somos los archivos temporales a un navegador de internet: Prescindibles, borrables, sustituibles.

Y, tras comprobar por enésima vez que es cierto, subo al monte y grito a pulmón (para que el eco lleve mi voz tan lejos como pueda ser) que no hay padres: Sólo madres. Y lo digo con la veneración que siento al ver cómo, durante nueve meses, se va originando, gestando maravillosamente, una vida: Vida heredera de una mujer que decide dar voz a la eternidad, una vez más, en sus entrañas. Antigua, misteriosa, profunda, arcana, ininteligible, poderosa, brutal, magnífica, portentosa, divina, eterna: Todo se recrea en el universo uterino, insondable, para recordarnos que son ellas, las que dan la vida.

Y beso el suelo que pisa la que me hizo sentir que podía participar del cielo. Bendigo el día de su nacimiento, pues fue el instante en que se volvió a abrir la puerta del día sexto.

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