PIEL

Últimamente me dedico a observar la piel. Es porque, las manos, las tengo resecas y se hacen heridas y grietas. Lo llaman “Dermatitis del ama de casa”. Y es que la piel es tan desapercibida, la tenemos tan cerca…

Nos permite saber si hay humedad o no cuando recogemos la ropa tendida, la temperatura del agua cuando vamos a bañar a los bebes, con la magnífica técnica de comprobación con el codo; si hace frío, pues se pone de gallina; si calor, porque se perla con el sudor…

Se eriza con el miedo, se relaja cuando pasa; se endurece con el trabajo manual, se quema con el sol, se resquebraja en el rostro con el tiempo; apergaminada, por la falta de hidratación, forma ondulaciones; avejentada, cuelga del húmero…

Y nos hace sentir. Percibimos el cariño de piel a piel. Necesitamos su contacto tanto como el alimento, la sal, la luz… La violencia de su ausencia nos vuelve recelosos y no queremos baratijas ni sucedáneos de afectos: Es la piel la que me pone en contacto con el amor.

Y creo que los tiempos que corren nos están despellejando. Sin piel, todas las sensaciones son extremas: Frío, calor, dolor… Se traduce en que las relaciones, las ideas, las expresiones son brutalmente liminales. Sin filtros, sin moderación; horrendos cuando somos desvestidos de nuestra piel, del tejido que nos permite sentir el abrazo o su ausencia, despreciamos la fealdad del otro desde nuestra dérmica desnudez.

Cuidemos aquello que no necesita traductor. La piel que me cubre sabe hablar el idioma que no miente.

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