OLÍMPICOS

Caminando o yendo en coche, lo puedes ver: El espíritu competitivo, la llama de la que es portador, en su corazón, cada viandante, cada conductor: Todo hijo de vecino lleva un olímpico dentro. Batiendo marcas casi imposibles: Inimaginables para el común de los mortales, sobrecogiendo los sistemas automáticos, con IA, de medición. Inconcebibles.

Lo sorprendente es constatar la cantidad de disciplinas de estos urbanos olímpicos desarrollan a lo largo de su trayectoria vital. Rompiendo los techos de cristal, el género se diluye pues se tratan de tú a tú.

No os tengo más en ascuas. Sé que estáis ávidos de conocimiento, necesitados de esa adrenalina que aporta el conocimiento de lo ajeno, pero no lejano…

En primera posición hablaré de los semáforos, donde encontramos a los velocistas que apuran al señor verde parpadeando antes de tornarse rojo rojizo. A tres cienmilésimas de segundo están quienes, con el señor teñido en rojo sangre, en medio del paso de cebra, piden calma a los conductores, pues están cruzando y tienen derecho a terminar lo que empezaron.

Grito alcarreño desde balcón a niño que juega en la calle, candidato a colleja y bofetón simultáneos, tras llegar a la meta de su portal. En su modalidad más extendida, conversación window to window entre bloques, para solaz y esparcimiento de Radiopatio.

Pegadura de mocos en públicos asientos, con la categorías de chicles y variantes; lanzamiento de pipas al suelo hasta desaparición del pavimento. Errático baloncesto de cualquier objeto susceptible de ser arrojado, en prueba de flagrante urbanidad, con la consabida frustración al no conseguir el objetivo y castigo al objeto lanzado: “Ahí te quedas, monín”

Abandono de litronas en armoniosa fila, extinción de cigarrillos con enérgica pisada o lanzados, trazada perfecta parábola y llegando a inciertos destinos, siempre lejos de cualquier papelera.

Envueltas de chicle, kikos y ensaimadas, paquetes de gusanitos y demás familia: Todos compartiendo espacio a la altura del betún, como si de sal se tratara sobre Ager Publicus…

No puedo dejar de mencionar la hucha. Esa línea perpendicular al cinturón o a su ausencia, poblada o no de pelos, buscando abisales profundidades en el pantalón de cualquier parroquian@. Indescriptible. No tengo palabras…

¿Qué se podría añadir? Pues que el espíritu de Maratón sigue vivo. Que la carrera hacia la suma basura está ganando. Y no es sólo basura lo que se puede arrojar: Es todo aquello que me arranca a dentelladas la humanidad y me hace creer que soy la mejor versión de mí mismo abandonado en sus brazos y mediáticas consignas.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *