CAPILLITAS

No voy a hablar de pequeña arquitectura religiosa. Hoy quiero rendir homenaje a todos aquellos que dicen ser “Capillitas” y lo dicen con orgullo.

Mi particular opinión ha sido, habitualmente, beligerante con quienes así se definían. Creía que, meramente, era una cuestión de forma; que permanecían poniendo velas a su virgen, su cristo y su palio bajo el que las candelas luchan contra la noche.

Y, hablando con un teleoperador de un pueblecito de Sevilla, me di cuenta de lo necio que es confundir el valor con su forma. Para él, y me lo dijo, lo más grande era ser capillita. Y no pude por menos que pedir perdón por tantas veces que juzgué…

Todos los caminos conducen a Roma. Toda expresión de culto encierra una experiencia que mueve corazones. ¿Quién soy yo para enjuiciar qué es mejor o peor? ¿Acaso es distinto su credo del mío? ¿Desde dónde evaluaré tal cuestión?

Gracias amigo por abrirme los ojos. La próxima vez que vea un lampadario, de los de vela, me acordaré de ti y de tu emoción al hablar de tu virgen. Ojalá yo ponga la misma pasión, la próxima vez, en la proclamación del Evangelio. Que sepa abrir un boquete en el muro de mi corazón, entren los ladrones y se lleven mis prejuicios, dejándome sólo lo que vale la pena.  

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