CONCERTADOS

La educación es el bastión, la fortaleza donde uno se siente a salvo. El cofre en el que encuentras los valores que nos hacen sentir que la vida tiene sentido, que no es una sucesión de acontecimientos en el devenir lunar, las mareas, las estaciones…

Es el tesoro invaluable e intangible que es capaz de darse a sí misma, como ave fénix, para rebrotar más poderosa, más liberadora.

Y no he entrado aún en lo que, a mi juicio, es lo más importante.

La educación, cuando se ejerce en el contexto religioso, crece exponencialmente en cuanto a frutos y desarrollo personal pues evoluciona desde lo meramente cognitivo hasta lo que hace trascendente al ser humano.

Dicho todo esto, he de hacer una llamada desde la atalaya que supone poder escribir, y escribir más de 280 caracteres, a los colegios concertados: No busquéis la excelencia académica. Eso está muy bien, pero ya lo hacen otros y con mayores medios que nosotros. No compitáis en innovación pedagógica, absolutamente necesaria en estos tiempos: Bucead en vuestras raíces y preguntaos si estáis siendo fieles al origen de vuestro particular servicio. Si el carácter propio de vuestras congregaciones se ha diluido por el miedo a la extinción a la que os veis abocadas por la falta de vocaciones y creéis que es compitiendo con la educación pública, las cooperativas educativas o los holdings empresariales que quieren una parte del pastel de la educación, como superaréis la situación, estáis muy equivocados.

El valor de los colegios concertados no está en la excelencia, ni en dar chino como tercera lengua: Está en sus fundamentos: El Evangelio. Ese que vuestros fundadores leían cuando sentían un fuego abrasador en las entrañas. Buscad el Reino de Dios y su justicia: Lo demás, es añadidura.

Y, si lo que estoy diciendo es una estupidez, como estúpido tratadme. Pero, si no lo es, recomenzad pues es la misericordia la principal característica de Dios. Tenedla con vosotros y comunicad la esperanza que cada uno de los fundadores atisbó cuando comenzaron sus obras. Y que Dios reparta suerte.

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