UN CUENTO DE TERROR

Era una tarde de verano. La brisa mecía suavemente los trigos en un baile acompasado y majestuoso: Toda la superficie era arrullada por el viento. Bajo el viejo roble, el abuelo, rodeado de sus nietos, se disponía a contar un cuento…

“Erase una vez un rey que tenía un inmenso reino. Todo lo que la vista podía abarcar, todo lo que el viento podía acercar al oído, le pertenecía. Enormes riquezas, sabiduría sin par, una enorme barba blanca, un ejército inmenso, un poder inimaginable; todo lo poseía el rey más poderoso que vio nunca el tiempo.

Amaba profundamente a sus súbditos. Tanto era su amor que los llamaba hijos y no pasaba un día sin que recordara los nombres y apellidos, los cumpleaños y el número de pelos que cada uno tenía en la cabeza, pues ninguno se caía si él no lo permitía. Se complacía en la diferencia. Veía la pluralidad de todos y cada uno de sus hijos. Altos, bajos, inteligentes, avispados, cariñosos, revoltosos… Todos eran sus hijos predilectos. Incluso le alegraban los cambios:

“Cómo has crecido, qué bien dibujas, progresas adecuadamente, hmmm, necesitas mejorar”. Todo era importante. Todo es importante.

Y tanto era su amor por ellos que sus ministros, para hacerlo más patente, desarrollaron maneras de celebrar el amor que tenía a sus hijos y modos de relación entre sus hijos y él.

Se les educó para que negaran su dignidad, que es una manera muy plástica de mostrar el afecto. Había muchas maneras de expresar éste amor: Vestidos de penitente, caminando descalzo con grilletes, debajo de pasos que portan imágenes para destrozarse el cuello probando así el profundo amor de hijo por su padre; usando disciplinas y todo tipo de artefactos y prácticas dañinas para el cuerpo que evidenciaban el cariño de sus súbditos por su rey.

El abuelo, emocionado, contuvo el aliento para proseguir con los ojos bañados de crepúsculo y profundo agradecimiento por el relato que estaba desgranando…

Con un nudo en la garganta, embargado de cariño, exhortaba a sus hijos a mortificar el cuerpo con ayunos de todo tipo: Imponiendo hambre de pan y corsés de comportamiento para no dejar que los sentidos nublaran el buen juicio al amar, al amor de los amores, todos y cada uno de los días.

A través de celestiales manipulaciones, les hacía sentir culpables. De ese modo, controlaba todas las actitudes y daba efectivas herramientas a los ministros del reino para controlar y abortar cualquier intento de innovación en la expresión de amor hacia el padre, hacia el rey. ¡Qué magníficos designios, qué maravillosas formas de amar!

Se estaba poniendo el sol cuando el abuelo dijo que seguiría contando el cuento al día siguiente. ¡Había tanto que contar!

Los colores malva, naranja y rojizo se mezclaban en el horizonte con el dorado color de la mies.

Los nietos, contrariados, le decían que siguiera, que no parara de describir cuánto amor tenía el rey, cuán amados eran sus hijos, lo felices que eran. Pero, el abuelo, lentamente, tomó el camino hacia la casa;

Tenía todo el verano para describir el terror absurdo en el que habíamos convertido la buena noticia.

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