A TODA POTENCIA.

Hoy, por aquello del domingo, hemos ido a celebrar la eucaristía. Y ha sido especial porque hemos compartido el inicio de curso para catequistas y niños. Genial. Gracias a Dios, la tecnología, no ha suprimido la inocencia. Pero es cuestión de tiempo.

También ha sido genial acompañar a una familia que bautizaba a sus dos hijos. Con independencia de lo que estaba ocurriendo, se nos daba la oportunidad de constatar que la inocencia no está totalmente amputada: Que aún quedan restos en los adultos que aún confían en los sacramentos. A su manera, sí; pero creo que el párroco ha hecho de pastor y ellos han sentido su cayado y su voz. Muy evangélico todo.

Me referiré por tanto a ambos hechos. Creo que no incurro en error si la percepción que se tiene de la celebración eucarística es una pegatina en la vida normal: Algo que no tiene nada que ver y, como postizo en el devenir de las vidas, interfiere en los paganos, los que pagan, que asisten al evento dominical.

Me da a mí que sería interesante que, de vez en cuando, se recordara que el sacramento de nuestra fe es una fuente inagotable de alegría que no es comprendida por el respetable presente. Y sería fantástico que, los que decimos estar un poco más al quite, diéramos razón de que es sal, con la que llenar los bolsillos y el corazón, las calles y los mercados; las cocinas y tendederos al sol; y luz con la que llenar las oscuridades que nos condenan a la mediocridad y la programación en abierto, siempre plagada de medianías y vidas faltas de valor con mucho maquillaje y poca alegría.

Que la eucaristía es la celebración de que puedes contar conmigo. Que los problemas que tienes, me son familiares y que tu pena, con pan (la compañía de todos los hermanos), es menos.

Que hay dos nuevos miembros de la iglesia: Bautizados y ungidos con el espíritu que volaba en el principio sobre las aguas. Un símbolo sin contenido o un Big Bang recién detonado: Todo el universo expectante, celebra con alegría la inocencia que se resiste a ser trepanada por la tecnología. Y es milagro en potencia: A toda potencia.

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