ES EL ALBA

¿Por qué amo? ¿Qué es lo que me impulsa a buscar a alguien con quien compartir todos mis días? Sobre el papel, es mucho más fácil vivir sin dar explicaciones, sin deudas; pero vivir solo es una condena cuando no lo eliges.

Y creo que muy pocos pueden hacer una elección de ese calibre, pues compartir es crear un espejo, encarnando mi sustantividad: Te hace tangible ante el antes y el después de tu vida. Y, curiosamente, la mayoría de tu vida pasa y no te das ni cuenta. Siendo así, la vida labrada sobre recuerdos evaluables, son apenas residuales.

Sin la presión de la científica necesidad de contrastar; ni siquiera de ser exhaustivo, mi madre me amó desde el instante en que fui concebido. Y lo hizo de una manera primitiva, inconsciente; y, en el primer abrazo, se amó a sí misma cuando besó mis mejillas. Y yo besé a mi creadora cuando me abrazó. Y se creó un vínculo indisoluble con todo el genómico pasado: Fui eslabón de la cadena.

Amé por decreto. Amé como dictaban las normas. Fui lo que me dijeron que era correcto socialmente. Y llegó quien me eligió para compartir su vida. Y yo la elegí.

Es un equilibrio inestable, una apuesta estadísticamente perdedora: Pero que permanece en el tiempo. Pero no hay magia. Todo lo que ocurre es predecible y asociado a un patrón comportamental dirigido a la preservación de la propia identidad. Cualquier intento de infantil caballería, descerebrada galantería, educación sin intereses, es interpretada como una invasión de la privacidad.

Es lejía. Y recordé cuando, de niño, jugaba a tirar renacuajos a un caustico continente: Sólo quedaban su forma transparente y dos manchas negras donde estaban los ojos… La presunción de que falto al respeto, es más, a mi juicio, una frontera ficticia que una amenaza real. Y va quedando mi silueta, apenas dibujada en el hipoclorito: Dos manchas quedan encerradas: Negros mi corazón mi cerebro, desaparecen.

Y puedo concluir que, objetivamente, amo para existir. Quizá no sea el mejor amor. Probablemente no sea tan químicamente puro como pudiera serlo el que Quijote sentía por Aldonza. Pero, en su locura, Rocinante era testigo de un amor que daba valor a la existencia, al frío y al desprecio de todos.

El amor es la llama vital que da sentido a la existencia. Ni siquiera es siempre. Es el alba, un beso, un camino en el mar, su espuma; un instante. Su recuerdo es combustible en la oscuridad.

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