BARKING

Aún recuerdo cuando preparaban la bolsa mientras hacían la matutina deposición. El animalito miraba al infinito mientras el dueño hacía lo propio con la hora del móvil. Terminaba y quien portaba la correa hacía una genuflexión para recoger las cacas. Las conclusiones son infinitas a partir de esa imagen.

Proseguían su camino; encontraban a otros recogedores de cacas que tiraban colillas al terminar el pitillo… En una cánida, casi cálida, complicidad intercambiaban algunas palabras; la prisa, tú sabes…

Y los perros se olían el culo, hacían círculos poniendo en riesgo el equilibrio del dueño. Y del dueño. En ocasiones, se gruñían; incluso se ladraban pero, con un suave tirón, sabía que la comunicación se acababa: Que ya ladrarían en otra ocasión. Te vas a enterar.

Y estaban los perrazos y los perritos que ladraban sin parar en cuanto ponían una pata en la calle. Llamaba la atención como diminutos cánidos con demasiada confianza en sí mismos ladraban con descaro a aquel que los podría romper de un bocado por la mitad. Unos y otros, ladraban, trazando con su tiza ladrante su supuesto territorio. Ello complacía a los dueños: “Es que ésta raza es muy territorial” comentaban ufanos los orgullosos canoprotectores. Mientras, los que sólo queríamos perros en fotos o en memes, nos acordábamos de toda la línea de raza y su pureza pues no se puede hablar mientras ladran a pleno pulmón. Ladridos graves, cadentes, o cientos de ladridos con sinalefa, sin descanso…

Lo recuerdo todo.

Y empezó. Un perro de un señor vendedor de cupones, un perro abnegado donde los haya (sólo comparable a los que rescatan personas entre los escombros de un terremoto) comenzó a ladrar. Al principio era preocupante, pues nunca habíamos visto nada igual: Mas bien, oído.

Y en una suma exponencial, los perros de todo el edificio comenzaron a ladrar sin ningún orden, sin concierto; era una cantata, una ladrata, que no paraba nunca. De intentar tranquilizarlos pasamos a la preocupación de qué les podría estar ocurriendo a todos. Se encontraron todos los vecinos que poseían a las estrellas del momento en el descansillo; luego, de camino al veterinario.

Pero cuál no sería su sorpresa cuando empezaron a reunirse con los que caminaban de madrugada para que depusieran sus estómagos los benditos ladrantes. Y no se daban cuenta, pues eran los dueños, los que convivían con ellos; pero, los que no poseíamos ningún animal de compañía, ya padecíamos lo que ellos estaban comenzando a asumir: El ruido en toda la ciudad era infernal.

Todos los perros ladraban como si no hubiera un mañana al que llegar. Veías cómo eran abrazados mientras lloraban sus dueños implorándoles que dejaran de hacerlo; dándoles galletitas y caramelitos especiales para perros, bajos en azúcar para no estropearles la dentición… Pero nada parecía funcionar.

Los veterinarios estaban desbordados pues desconocían la causa de tal comportamiento. Los perros, al encontrarse, se ladraban aún con más furia: Tú sabes, son muy territoriales… Algunos, al intentar ponerles bozal fueron mordidos; “Ha sido sin querer, él nunca haría una cosa así”.

Y fue sólo el principio. Los primeros días, muchos faltaron al trabajo para intentar que sus amados perros dejaran de ladrar. Pero, aún comiendo, seguían ladrando. Y el ruido se transformó en la banda sonora de la vida de todos: De los que tenían perros y de los que no.

¿Cómo solucionaron el incidente? No adelantemos acontecimientos.

Quienes no eran dueños, comenzaron a increpar a los que sí diciendo que tendrían que hacer algo, que era insoportable. Ellos lo admitían pero sólo se callaban cuando los sedaban. Y eso duraba poco. La educación dio paso al hartazgo y se propusieron soluciones finales. Los dueños, con el corazón roto, se negaban a asumir tal solución pues les separaría para siempre de sus amados amigos, sus compañeros, los pelos por toda la casa, esos ojitos…

Hasta dar con una solución, los ladridos se tatuaron en el aire; la tensión aumentaba según pasaban los días; y los simpáticos vecinos con perro pasaron a ser los que molestan sí o sí por el (…)ta perro. Y los que no tenían, eran los (…)brones sin corazón.

Una ficción. Es sólo una ficción. La división nace a partir de una ficción. Y un pueblo partido en dos, cualquiera que sea la causa de la ruptura, es un pueblo abocado al caos.

Es tiempo de reflexionar.

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