LA COSTUMBRE

El otro día, al terminar la eucaristía, felicité al monaguillo por la energía con la que tocaba las campanillas en la consagración. Entre risitas nerviosas me gustó que se tomara tan en serio lo que le decía y me dijo que es como lo había visto hacer. Y eso me hizo pensar.

Las costumbres se transmiten por capilaridad. Como el olor a cebolla cuando la refríes; o el que se te pega cuando limpias piezas con gasoil. Y por ahí voy a seguir. Le pregunté al monaguillo, gracias dios mío por la inocencia que aún pulula por el presbiterio, qué estaría haciendo la virgen cuando la visitó el ángel Gabriel. Muy serio me dijo que, como bien se puede ver en las imágenes de nuestra madre, estaría rezando el Rosario; ¡¡Cómo se fijan los chavales, tú!!

Y, lógicamente, lo estaría haciendo pues todas las vírgenes que se aparecen, en sus imágenes, hablan del Rosario y se las representa con uno en la mano.

Llegados a este punto debo aclarar algo: No estaba rezándolo. Sobre todo porque sería graciosísimo escucharla. Un Ave María rezado por ella sería algo así:

Dios me salve.

Llena soy de gracia.

El Señor está conmigo.

Bendita soy yo entre todas las mujeres y bendito es el fruto de mi vientre, Jesús.

Santa yo, madre de Dios.

Ruego por vosotros, pecadores, ahora y en la hora de vuestra muerte. Amén.

¿Qué decir?

Las costumbres nos hacen dejar de formular preguntas. Damos por supuesto como si todo fuera inmutable, sin posibilidad de cambio.

Hoy vuelvo a dar gracias a Dios por María: Porque encarnó en su vientre al amor más verdadero, a Dios mismo. Por su inocencia al creer que se haría en ella según la Palabra; y porque nos hace más cercana la realidad de un mundo más fraterno, más ingenuo, más verdadero.

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