ARMAS

¡Qué instrumentos tan trabajados! ¡Cuánta ingeniería! En las escenas de las películas en la que, tras un opresivo inicio hace que los héroes, guapos, musculosos y multirraciales toman las armas, hay primeros planos de los rifles, armas automáticas y semiautomáticas, con mirilla microtelescópica de láser de diodo, como el de las casas de depilación; balas de punta hueca y termodirigidas… ¡Cómo se ponen al posar sus encallecidas manos en tales obras de arte! Y, cuando comienzan a disparar, esa manera de apretar los dientes, la sangre manando a borbotones por los disparos llenos de justicia y fraternidad. Y la música épica que termina en un requiem en do mayor. Me se saltan las lágrimas cuando entregan la bandera a la mujer del héroe caído. ¡Joder! ¡Se van los mejores…!

Pueda parecer que estoy de acuerdo con el uso de armas. Pero no: No estoy de acuerdo. Y pienso que el comercio de armas es uno de los negocios más lucrativos y que más explotan la falta de confianza, primordial para saber que no hacen falta para solucionar problemas, y los miedos primigenios del hombre.

Así, cuando veo los documentales donde un padre va con su hijo al supermercado de al lado a comprarle su primer rifle, temblando de emoción la barbilla y con ojos tintineando lágrimas recordando cuando su padre hizo lo mismo, me parece una aberración. Y sé que la asociación del rifle no estará de acuerdo conmigo pues tienen derecho a portar armas para la propia defensa. Aberrante.

Y, cuando padre e hijo van al campo de tiro, se produce el éxtasis: El progenitor ve cómo saca su hijo el rifle talla junior y comienza disparar con sorprendente destreza. Gracias videojuegos. Y el niño se siente orgulloso cuando su padre saca su pisotón de calibre dosmillones y dispara, destrozando el objetivo de su paternal clase: Un dummy que ya no volverá a casa, una foto del malo de turno, un tronco, que sé yo…

Y claro: Las referencias fálicas son inevitables. Pero también hay madres, sexo débil, que tienen sus armas tamaño XXXXL. Para defenderse. Más de lo mismo.

Y, bajo toda esta parafernalia, subyace la certeza de que alguna vez hará falta tener un arma para cazar dinosaurios. Es fundamental estar preparados para lo inevitable.

Y ocurre. Un niño que dispara a otro amiguito entre las cejas con el arma que su padre tiene en el cajón. El adolescente que se siente amenazado por todos los compañeros del instituto. Y mata a todos los que puede. Cuando se dé cuenta, con los cadáveres aún en el suelo, sentirá el mismo miedo tras haber ejercido el supremo poder de quitar la vida.

Plantear un supuesto como que el hombre no es un lobo para el hombre no es bueno para el negocio. Desde la libertad de quienes las compran en un supermercado, al lado de la mermelada de calabaza para el día de acción de gracias, hasta la falta de ella en los países que se desangran en civiles guerras manteniendo el flujo de armas y de injusticias, advierto que no hay nada bueno en aquello que puede cercenar la vida de un igual.

Me parece más civilizado conversar. No mata. Pero quizá ayude a comprender a quien está deseando vivir en paz consigo. Y con su igual.

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