LA CABEZA PERDIDA

He ido a poner una pila al reloj de mi niña. Al salir me ha llamado la atención una señora que hablaba sola. Pero no le he prestado mucha atención pues ahora, con los pinganillos que se ponen en las orejas, estás hablando con atención al cliente de cualquier empresa de telecomunicaciones; o con cualquier otro hijo de vecino.

La cosa es que hablar solo por la calle se está convirtiendo en deporte nacional. Hay un búlgaro, un señor de Bulgaria, que recoge basura y va pegando bocinazos en búlgaro, el idioma de Bulgaria; como no domino su lengua materna, no sé lo que dice: Constato que repite siempre lo mismo. Y se agudiza cuando está pasando el síndrome de abstinencia pues, también, es alcohólico: Eso está disponible para todos los países de la Unión. Así, un búlgaro, un adolescente mandando mensajes de voz, una bandada de adolescentas gritando a una amiga que llegue yaaaa a través de un chat de vídeo… Todos hablan solos, a alguien que no está.

Pero vuelvo a la señora que hablaba sola. No se le entendía ni una palabra. Dio una calada a su cigarrito color purito y me miró con sus ojos claros. Pareció querer decirme algo pues me siguió con la mirada hasta que ya no la sentí en el cogote. Llevaba esos pañuelos que usan quienes pierden el pelo tras la quimio.

De pronto, se me puso a mi lado; empezó a emitir sonidos incomprensibles con una curva de entonación como si estuviera disertando. Primero amable. Luego, firme; comenzó a llevar mi paso y me dio con el reverso de su mano en mi brazo izquierdo. La miré y me espetó algo: Levantó su mano derecha como si estuviera harta de que no la escuchara (lo que estoy describiendo duró apenas diez segundos), y se dio la vuelta.

Hablar sola de pie junto a la relojería donde cambié la pila, a mi lado o alejándose de mí. Y no comprendí ni una de las palabras que articuló.

Y había convicción en lo que decía. O me lo pareció.

Como la convicción que me empuja a escribir una letra tras otra para alumbrar una palabra que ilumine la oscuridad: Junto a otras muchas, describe el universo que hoy se planta frente a mí para que lo retrate, me arrope y me arranque las certezas; y volver a elegirlas, rejuveneciendo mis ojos.

Y parecerá que tengo la cabeza perdida, como la señora de los ojos claros, el pañuelo en la cabeza cubriendo su desnudez, cigarrito en la mano y verborrea ininteligible. Me mirarán quienes hablan el mismo idioma que hablamos todos y no me entenderán porque hablan palabras tan manoseadas, tan gastadas que se parecen unas a otras. Y se volverán polisémicas. Y la lengua, cada vez más pobre, será razón de incomunicación negando su destino: Perderá la cabeza.

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