SU NOMBRE

No. No me gusta disgustar a mis hijos. Quiero que me quieran, que sientan que estoy a su lado, que los apoyo. Y es por eso que tengo el alma rota. Por un lado, quiero proporcionarles todo lo que lo necesario, el hardware, para el mejor desarrollo de su potencial. Y quiero ser el padre que necesitan: El que desnudo, sólo puede darse a sí mismo.

Pero, a la par de esa  necesaria intendencia, están las relaciones externas, mucho más importantes para ellos que la que tienen conmigo. Estas últimas condicionan sobremanera la percepción de cada acto.

Las razones que nos mueven son invisibles para el resto. Pero son fundamentales a la hora de incidir en el resultado de cada acto. Por ello, un mismo hecho, puede tener fundamentos antagónicos.

Así, asentir o denegar una petición puede ser un hecho aleatorio, sin fundamento, o puede ser el resultado de la reflexión. Y creo que es algo que no se practica mucho.

Como vengo repitiendo, cansino, nadie da lo que no tiene. Y damos lo que podemos comprar porque lo verdaderamente caro, lo que no tiene precio, no habita, desarrollado, nuestro interior; está en un estado larvario, latente: Pero incapaz de ser transmitido por la infantilidad de su condición. Y es entonces, cuando nuestros hijos comienzan a demandar razones para nuestros actos, cuando nos damos cuenta que somos hijos de la costumbre, del comportamiento gregario, de la masa estúpida: “Si todos lo hacen, pues yo también”.

Y en ese orden de cosas, está la maldita individualidad, un programa raíz en nuestra humanidad que se empeña en salirse del carril que todos transitamos aborregados. Residente e indestructible, es un Pepito Grillo que nos recuerda que somos únicos. Pero, como los mensajes van en contra de la individualidad consciente, la madurez acrisolada, nunca se desarrolla del todo: Y eso crea una crisis en el sistema. Y se desata la guerra civil. Desarbolados, débiles por no ser todo aquello que sabemos que podemos ser, irresponsables e inconscientes de la trascendencia de nuestros actos, la desazón se apodera de nuestro corazón. Y lo llena de cicatrices.

Me da igual lo que piensen los pensadores sociológicamente famosetes que reptan en los medios: Creo que el empeño que tienen en descuartizar la capacidad del ser humano de trascender a sí mismo, de tratar al otro como un igual y de creer que hay mucho más allá de lo que soy capaz de percibir, es consecuencia de su pobreza. Y de su incapacidad para reconocer que hay hechos que escapan a la métrica del Sistema Internacional. Y que la inmortalidad que reside en su interior, les devora las entrañas pues no han sabido ponerle nombre.

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