GUAU

Caminaba con su hijo por la calle. El vástago iba radiando el partido a cada paso que daba. Intentaba soltarse de la mano, meterse en el coche de otros niños; gritaba y lloraba si no conseguía lo que quería…

Se paró. Quieto, miró con angustia a su padre. El adulto lo comprendió perfectamente. Así, ahí mismo, sin ningún miramiento, le bajó los pantalones: En cuclillas, el chaval, plantó un maravilloso pinito: Fresquito, fresquito pues era de ahí mismo. Su vertido interior quedó enhiesto mirando al infinito cielo. Tras adornar el pináculo ventral con unas coquetas bolitas de truño, el niño indicó la necesidad de ser limpiado. Solícito, el progenitor, sacó el paquete de toallitas húmedas dermoprotectoras y dejó el culo del niño cual patena en novena.

Se incorporaron ambos y el padre, mirando a un lado y a otro y tras comprobar que no había nadie en lontananza, dejó la íntima obra de su heredero donde había caído, para que otros viandantes disfrutaran de su reciente, rectal, obra.

Las risas del niño se fueron perdiendo junto al ruido del mechero del padre encendiendo un cigarro.

Tras contemplar la escena, repetida hasta el hartazgo, cualquiera caminante despistado, tuvo a bien tronchar la verticalidad de la colon- ial obra. Con la mierda pegada a la suela, mentó al padre, la madre y a todos los muertos del faraón para expresar su frustración. “Qué suerte que has pisado una mierda: Compra un cupón, que seguro que te toca”.

Comentarios como el último son y serán la guinda del pastel de la interminable historia de “La mierda que nunca hubo de ser pisada y que siempre tiene a bien viajar, ingrata, bajo los pies de quien no quiso”

A ver si con un niño como protagonista nos enteramos. Guau.

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