CLARO

Estaba afeitándome la poca barba que tengo, soy muy poco hombre en lo tocante a eso, y reparé en unos hilillos de cera que había pegados al lavabo. Yo me afeito porque me molesta. Quien se hace la cera, que no soy yo, es porque…

Y miré más abajo de la nuez. Un poco más al sur. Y ahí estaban. Los dos pechos que ostentamos los hombres para mayor gloria de la inutilidad evolutiva: Nunca darán de mamar; no alimentarán a nadie. Como las vírgenes románicas, incomunicadas con el hijo que mira al frente, al frente miran: Con la triste mirada de quien es pero nunca lo sabrá.

A un lado y al otro, mis brazos; y, al final, mis manos. Son como las de las mujeres: Pero no se parecen.

Y, tras certificar mi género otra vez, celebro que la mujer no sea igual al hombre.

Y me pregunto cómo hemos llegado a perder el tiempo buscando la igualdad cuando nunca lo seremos. Me angustio al pensar quién fue el lumbreras que diseñó el techo de cristal para ellas, el Séneca que formuló el eterno litigio entre géneros para mayor división entre quienes son dos partes de una misma balanza. Balance, en inglés, es equilibrio. Y en esa dialéctica eterna, mujeres que se quedaron en la cuneta porque algún machito entendió que, al ser de su propiedad, podía quitarle la vida; machitos a los que se les dio a entender que tenían que ser fuertes, cuando nunca tuvieron los cimientos para sostenerse… Y se perdieron.

Nadie da lo que no tiene. Y, bajo esa premisa, damos lo que se nos comunicó de boca y de gesto.

No se cambia por decreto. Como nunca se nos quitará el hambre cuando veamos a otro comer. Cuando seas testigo de un hecho que sea injusto, atente contra la dignidad de cualquier miembro de la prole de Eva, actúa como si a ti te lo hicieran.

Y dejemos de comportarnos como esclavos. Somos libres para elegir. Entonces, somos lo que elegimos. Con sus consecuencias, claro.

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