MACISTE

Una buena historia no hace falta adornarla demasiado para que enganche. Personalidades que dejan entrever una profundidad sugerente, un sótano inmenso, un universo desconocido… ¿Qué más podríamos pedir? Pediré entonces un entorno bucólico aunque enigmático; empantanado y misterioso; luminosamente lóbrego; oscuro, antiguo, quizá mitológico.

¿Os suena? Libros que luego son películas donde el malo, lo era a secas: A capón. Pero la demanda de la ávida afición fue complicando el personaje. De la malísima bruja de los cuentos que termina asada en el horno donde los niños eran cocinados, pasamos a monstruos malditos, muertos caminantes, deglutidores de sangre y demás familia, espaciales bestias antropomorfas pero ávidas de cualquier humano fluido…

Y los héroes: ¡Lo que han cambiado! Me acuerdo de Maciste, un señor fuerte y punto que arreglaba las cosas a banquetazos. Fantástico. Ahora sería el mendigo en la puerta de los héroes de raza, descendientes de dioses y diosas que están para tomar pan: Y mojar, tú… Superpoderes, trágicos antecedentes familiares que los hacen conscientes de la futilidad de una vida vivida para sí mismo. Y así.

Y, cuando hemos exprimido hasta la angustia todos los recovecos sicológicos y metafísicos, reinventamos las historias de buenos y malos: No se aporta nada nuevo. Sólo una nueva interfaz y actores, personajes, de proporciones griegas y bellezas olímpicas: Tan sugerentes…

Y constato, a través del tiempo, que las escenas en las que tan maravillosas criaturas exponen sus majestuosos cuerpos para solaz y esparcimiento del lector/espectador no aportan nada. Sólo apelan al primitivo instinto por el que nos sentimos dueños de aquello de lo que estamos participando. Eso que no pasa por la inteligencia y es, puro y duro, instinto.

De buenos y malos. De la bondad y la maldad. Y, cuando la historia pierda fuelle, escenas de alcoba; pero con productores chinos, que son nuevos en el negocio.

No hay escenas de esas en el Evangelio.

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