SUSTRATO

Coges una semilla. La plantas en una tierra, al principio, en un tiesto pequeñito. Cuando sale el brote, la sacas y la trasplantas al lugar donde crecerá, florecerá y dará el fruto para el que estaba diseñada desde el principio: Tomates, pimientos, calabacines.

Y, observando la realidad que me circunda, las noticias que parlotean en los telediarios, distintas según el signo ideológico del que paga, me pregunto: ¿Cuál es la semilla que dio como resultado el lobo en el que nos hemos reconstituido, tanto para nosotros mismos como para el planeta? ¿Es que la tierra, fértil para las plantas que sólo saben hacer aquello para lo que fueron creadas, es campo de sal para las virtudes de los hombres? ¿Qué fertiliza nuestra violencia primigenia devenida en modus vivendi, la basicidad de nuestros actos que insulta a la maravillosa complejidad de nuestro encéfalo, la inhibición ante la destrucción del planeta?

Por abundar un poco más: ¿Qué generó la trata de personas, las armas y las ideologías como búnkeres inviolables? No será que creímos que, en la búsqueda de nuestra propia identidad, nos debíamos asociar al comportamiento más salvaje, menos racional, más brutal…

Nosotros plantamos minas antipersonas y recolectamos tullidos. Dispersamos Agente Naranja y la selva queda deforestada. Hacemos de la Ablación una seña de identidad cuando no es más que la encarnación de la violencia sobre la mujer.

No sé. Creo que no tiene culpa la tierra en la que nos criamos de que seamos enemigos de nuestros iguales por definición. Es culpa de los fertilizantes que estamos utilizando: La falta de una educación que dotaría de dignidad cada vida, la televisión como cosificadora de cada individuo, transformándolo en cliente, customer…

Y de los que no utilizamos: El Evangelio como unificador y memoria de la dignidad de cada hijo de Eva, como aval de la alegría, fuente de esperanza.

Y no es el agente estupidizante, alienante que nos venden: Es vínculo de fraternidad entre los diferentes.

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