QUE ESTÁS CONMIGO

Un abismo. Un entripao insoportable. Asfixiado bajo el agua, sintiendo su peso, la angustia de la presión, deslizándose por la nariz y los pulmones; toser con arcadas que retuercen el estómago y la espalda.

Y llorar. Unas infinitas ganas de llorar. Llorar el espanto desesperado de quien ansía lo que ha perdido con todo su ser. Y sólo puede ver el camino por el que se escapa…

Sólo tres palabras. Tres. Y el universo se desploma, la gravitatoria fuerza colapsa el inestable equilibrio de los planetas que conforman la existencia:

“No te quiero”.

Que te digan eso es tanto como que te digan que tu vida no vale nada, que el espejo de la realidad se ha roto y sólo queda el marco que lo sostenía: Y la pared que había detrás escondida: Estúpida pared. Muda y sorda. Tan práctica como una bombilla rota. O fundida.

Es el abrazo de un peluche gigante, en cuyo pecho no late nada. Un anuncio sonriente que te publicita la felicidad a muy bajo precio. Un coche híbrido, un muerto que apenas huele…

Tener cortes en la planta de los pies; ciego, escuchar una voz indicando la salida sin saber su origen, un barco que ha rescatado a una patera y no puede ir a puerto…

Una cara de asombro. O de sorpresa. Clavar las rodillas implorando, mendigando envoltorios de bombones en verano.

Morir. Y morir. Y morir sin que llegue la paz, pues no hay sosiego en el infierno de la ausencia.

Y doy gracias porque sólo ha sido un sueño. Y deseo, desde lo más profundo de mi corazón, que todos seamos amados. De ese modo en el que todo tiene sentido, la banda sonora de un abrazo es un corazón desbocado, las noches se pueblan de paz. Y tu mano certifica que estoy vivo: Que estás conmigo.

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