SIERRA CIRCULAR

¿Habéis visto esas herramientas que son una mesa de la que sale un disco dentado? Sirven para cortar lo que quieras. Magníficas, sus dientes trocean todo, separan dos partes… las virutas de metal, o el serrín, grueso o fino dependiendo del diente que esté usándose;

Como metáfora es interesante. Cuando estoy en crisis, contemplo lo que la produce, constato que somos viejos conocidos, dolores crónicos que vuelven por sus fueros, sin intención de abandonar sus purulentas posiciones, a veces visibles, a veces no;

Y caigo. De nuevo al barro de lo que sé que me mata, me condena al silencio incómodo del “telodije”, “lo siento mucho”; ese dolor infinito que no querías que volviera pero que tu supervivencia enterró de cualquier manera y tu miedo al dolor lo transmutó, mimético, en una cicatriz mentirosa.

Como la sierra circular: Corta mi brazo lentamente. Observo cómo los trozos de carne van pavimentando la superficie que se tiñe de sangre y rosa. Virutas de hueso saltan y, al llegar a la mitad, se para. El disco, al rojo, cauteriza la hemorragia; se retira lentamente y se va reconstruyendo el brazo. Y el olvido. Hasta la siguiente vez que decida que no puedo más. Y será de nuevo un brazo, un pie, un dedo, o la rodilla…

Olvido que tritura mi alma y me deja sin argumentos. Dolor infinito que me va alejando del amor que me alienta para enterrarme en la tumba de la tristeza. Y resucito un poco más muerto que la última vez, menos vivo de lo que ansía mi alma.

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