DE MI MADRE, EL LATIDO DE SU CORAZÓN.

La Naturaleza es fascinante. Se adapta, muta; ralentiza o empuja la evolución en función de la necesidad.

Y hay un detallito maravilloso. Es capaz de recordar, no de reproducir, el dolor y el placer. Se nos viene a la mente aquello que nos place o que nos asusta por el dolor que conlleva; en el primer caso, salivamos o se nos acelera el pulso hasta niveles insospechados. Como también se nos altera la respiración cuando recordamos situaciones de dolor que nos paralizaron. O nos hicieron aullar.

Pero no recordamos el placer ni el dolor. Sólo recordamos la consecuencia. Y, por lo tanto, lo buscamos o lo rehuimos según sea el caso. Lo interesante ocurre cuando, buscando de nuevo aquello que nos gusta, incurrimos en errores perfectamente pautados. O, como si de las estaciones de metro se tratara, vuelven situaciones que te duelen tanto, tanto…

Y optas por olvidar. Y olvidas, al principio, aquellas cosas que te hicieron, cuando eras niño, considerar que no eras valioso; esas que te empujaban a buscar la aprobación y la valoración pues eran cosas de buen crío. Quedaban las buenas sensaciones, pero el hueco que iban dejando las causas se llenaban de cookies que, larvadas, recordaban un sabor agridulce.

Y corrías para alejarte del dolor. Y olvidas tu identidad para parecerte a lo que te cuentan que eres tú. Y eres menos tú y más otra persona que no conoces. Eres el estudiante que esperas, o su antagónico, para llamar la atención; la pareja adecuada o su Hyde, para golpear la rabia de seguir un guion que no escribiste. Un padre que maltrata con su ausencia a los hijos: O con la ausencia de gestos, pues no quieres reproducir los vacuos que recibiste hace tanto, tanto.

Olvidar se convierte en una rutina que va vaciando de recuerdos, de todos, tu mente; y te das cuenta que el Alzheimer no es una enfermedad que va en contra del portador: Es un método de defensa contra la falta de valor que siente quien sólo quiere olvidar.

Olvidas. Y se pierde el presente y el pasado más reciente. Marcha atrás, sólo recuerdas de forma selectiva aquello que se va acercando al principio de todo. Los ojos se van vaciando de amaneceres y se pueblan de ocres y negros. O de un gris perenne.

Hasta no saber mi nombre, ni cuidarme ni asearme; sentado al sol vespertino y sintiendo como engorda el pañal que certifica mi incontinencia, busco desesperadamente el recuerdo primigenio, el que notarialmente aplaude mi existencia e identidad: De mi madre, el latido de su corazón.

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