FALACIAS

Asisto ojiplático a el estreno de una nueva obra con el argumento más viejo que vieron los siglos: La lucha de un pueblo por sacudirse el yugo del pueblo opresor, habitado por malignos monstruos, “de ceño torvo, que devoran sus entrañas fiero”. Y, como siempre, los pringaos que irán a la cárcel, serán privados de la libertad que ansían y por la que luchan y matarían, mientras que los que antes, durante y después del parto, vivirán de puta madre.

Lo sé. Lo sé. Llamadme descreído. Pero, como ya he constatado y escrito en multitud de escritos, las revoluciones las piensan los que nunca mueren en el campo de batalla. Y, los que luchan en el campo de batalla y sobreviven, se transforman en el mismo monstruo contra el que lucharon antaño. ¡Cachis!

El caso es que la trascendencia hace su llamada y, claro, uno no puede decir que no a pasar a la historia con tu nombre en letras de oro como el prócer/ próceres que dieron lustre y gallardía a una historia inventada en sus orígenes, violentada en su desarrollo y perversa en su ejecución final.

No. La panda de pijos que orquesta hoy en día una revolución que lucha por la libertad de una identidad actualmente en Europa han de ser cuestionados de por vida. Por ir en contra de la lógica. Por aventar fantasmas y fantasías que son sólo eso. Y sobre todo, por la cobardía que se esconde detrás de cada consigna que valida un solo acto violento.

Cobardes. Cobardes y necios. ¡Cómo se nota que no tenéis que buscaros el pan cada día! Abusones. Maleantes. No tenéis vergüenza.

Lo malo de violentar la inocencia de los pueblos es que se, como es extrema, se toca con su antagónico. Cuidado, caballeros de la identidad y la pureza; vuestros jueces hablan vuestro idioma, trabajan vuestros campos: Os admiran por vuestras falacias.

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