BARROTES Y ESTRELLA.

La emoción se palpa en el ambiente. La sonda VV (volant vaig) enviada diez años atrás por la AEC (Agencia Espacial Catalana) comenzó a enviar señales inequívocas de que había encontrado vida inteligente en el exoplaneta denominado Joan Oró, en honor del más avanzado telescopio patrio.

Al principio, las señales fueron confusas; pero, la clave se hizo meridianamente clara cuando comprendieron que no habían descubierto un celestial cuerpo cualquiera: Era el planeta del que procedían los arcanos padres, antiguos astronautas: Los primeros catalanes. El idioma que descubrieron más allá de las estrellas era el que los hacía únicos e independientes: Confirmaba que no era el latín el origen: Era la consecuencia de la evolución compartida por los geniales y originales, a partes iguales, extraterrestres. Así comprendieron cuán gloriosa era su labor en la tierra que les quemaba: Retornar al lugar al que pertenecían.

El llanto arrasaba los ojos de los gobernantes que, preclaros, reconocían que el fin último del discurso en el que hablaban de la necesidad de ir más allá era ese: Tenían que volver al origen. El desprecio a quienes los rodeaban era pura envidia de la innegable génesis que los hacía elegidos por las estrellas.

La pureza contrastada tras las sorprendentes noticias, que se extendieron como el sonido del tambor del Bruch, eran gasolina para el corazón de un pueblo vapuleado por el bienestar de la bonanza económica que disfrutaban, oprimidos por la sociedad de consumo que nunca eligieron y se vieron obligados a practicar, mancillados por quienes eran semejantes, pero nunca iguales…

Por eso, cada vez más honda, era el ansia por seguir el camino estelar, prescindiendo de todo lazo con cualquier otro pueblo. La violencia era un mal menor y las tildadas “anticonstitucionales” actitudes refrendaban lo que su ADN gritaba en sus células únicas. ¡No seáis freno a la llamada celeste! Las barras de la antigua bandera son barrotes de la estrella que guía nuestro futuro.

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