YIHAD

Desde mi sillón, imagino. Cuando pienso en que podría encontrarme con yihadistas, pienso en emponzoñados seres diabólicos que, en vez de uñas, tienen alfanjes, sus miradas odiantes destilan gotas de ácido y fuego: Sus manos huelen a pólvora, sangre y tripas de muerto…

Pero no: Son seres humanos. Cada uno con su historia. Con sus culpas en la memoria; hablan y miran como cualquiera persona de a pie. Son sólo eso: Consecuencia y no causa.

Lejos de mí banalizar el tema. A lo que voy es que la maldad y la bondad tiene rostros humanos. Para nosotros es mucho más fácil asociar un rostro árabe que uno lituano, porque es más próximo a nuestro imaginario de lo correcto.

Y digo más. Yihadismo es “la tendencia ideológica radical que preconiza la Yihad (que es la guerra santa de los musulmanes). Tal y como lo acabo de expresar, no pinta nada bien. Una idea convergente, que desprecia toda realidad que no sea la que preconiza.

Pero es mucho más fácil verlo en un contexto de opuestos, cuando son seres humanos que no participan de nuestra cultura. Pero, si como he dicho anteriormente, es una idea convergente, podría decirse que Boris Johnson es yihadista, pues no contempla otra cosa que no sea lo que él, y los que con él lo ladran, quieren para su país. Mmmmm, un yihadista rubio…

Ya que hablamos de pelos raros, hablemos de Donald Trump, un yihadista norteamericano que odia todo lo que no cabe en su diminuta microcefalia. Como buena campana, suena mucho y está vacío, hace ruido para conseguir lo que quiere.

Los yihadistas árabes, británicos y norteamericanos quieren lo mismo. Y no les importa que mueran otros, que sufran… Ellos, los que elucubran sobre el dolor ajeno en la busca de la felicidad propia, nunca morirán en el campo de batalla, pues siempre adoptan el papel de la cobarde plañidera, que llora el dolor que no siente por un puñado de monedas.

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