LA DEL SUPERMERCADO

Escuché, yendo por la calle, la siguiente conversación: Los interlocutores, madre e hijo, iban caminando y el niño señaló a una señora y gritó: ¡Mira mamá! ¡Es la mujer del supermercado! ¿Cuántas veces te he dicho que no se señala, malonito! Pues eso…

El niño debió quedar desconcertadísimo al ver la señora que asociaba al supermercado: Con su uniforme y su tarjeta identificativa adherida a la camisa, con su logo y su cosa, digo, fuera del contexto habitual. Y eso no podía ser, supuse; pues cada persona ha de estar en su lugar.

Y no puede ser de otro modo. Nos es más fácil clasificar cuando las personas, y las situaciones, permanecen estáticas. Hay multitud de ejemplos: Ya los pondréis vosotros para no aburriros.

Pero no pensamos en la condena que supone hacer, estar, vivir de la manera que se espera. Pobres que siempre lo serán; matrimonios hasta que la muerte los separe, de muerte natural o por violencia de género de la que todos son conocedores, la clase política cuyo único trabajo es asegurarse de que estarán en los sillones en la siguiente legislatura, para asegurarse la siguiente, y la siguiente, obviando la única función para la que fueron elegidos: Gobernar con sabiduría y justicia, buscando el bien común.

Así, la costumbre, la corrupción, el matrimonio, el cambio climático y la muda del plumón del águila real son pautas simples, armónicas que nos hablan del devenir previsible, de la tranquilidad mediocre, del futuro predicho.

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